jueves, 2 de febrero de 2012

La aduana. Ahh, la aduana, la aduana la aduana…


Hay quienes –como un servidor- tenemos del comercio exterior una percepción que raya con el fetiche; digo esto para improvisar una justificación a posibles “idas de mambo” en las que -sobre el tema- puedo llegar a incurrir. Pero reclamo, junto a esta admisión, que nadie pierda de vista ni por un segundo el papel que la regulación (o no) del comercio exterior -y del flujo de dinero- jugó a lo largo de nuestra historia. Para nuestra América del sur, (siempre en mi fanática opinión) la aduana ha servido como una herida, un tajo profundo que dejo escapar nuestra preciosa sangre y en cambio admitió -desde el fin del monopolio español- la entrada de todos los agentes patógenos que en forma de pacotillas y capitales especulativos, fueron enfermando nuestra economía, construyendo una América latina para los pocos que pudieran negociar bienestar con las metrópolis de turno, pero hundiendo en la servidumbre al resto de quienes durante 200 años salimos sobrando en la ecuación.
La cuenta es obvia, clarita, pero siempre aparece algún emisario de la inteligentzia que nos acusa de andar flojitos de papeles para hablar de economía, de comercio internacional, de aduanas, etc. Vivimos unos tiempos en los que parece que sin un postgrado en algo no deberíamos abrir la boca, decenios de un irrestricto culto a los saberes “técnicos” nos inducen a algunas timideces que debiera ser una tarea militante erradicar del alma. Me viene a la memoria un concepto, aspiro a que sea uno de los patrones de nuestra forma de asimilar la realidad:
“Estos asuntos de economía y finanzas son tan simples que están al alcance de cualquier niño. Solo requieren saber sumar y restar. Cuando usted no entiende una cosa, pregunte hasta que la entienda. Si no la entiende es que están tratando de robarlo. Cuando usted entienda eso, ya habrá aprendido a defender la patria en el orden inmaterial de los conceptos económicos y financieros”
Raúl Scalabrini Ortíz. Bases para la Reconstrucción Nacional
Cuando días atrás (intentando hablar de minería) nos proponíamos que para poder entender los pivotes del tema, era indispensable hacerse todas las preguntas, hacer un ejercicio de celosa honestidad intelectual para lograr que a las preguntas siguieran (o no) las respuestas -en lugar de partir por las respuestas para encontrar las preguntas- este tema del intercambio de mercancías, de sus características, niveles de manufactura, flujo de dinero y fronteras comerciales estaba agazapado en un oscuro lugar de nuestra cosmovisión populista.
Porque -a fin de cuentas- alguna vez habría que comenzar a ponderar los temas con un criterio que sea algo menos errático que correr atrás de las tapas de los diarios (de los nuestros o de los de la “opo y la corpo”) ;-) y la aduana es el tema que atraviesa todos los temas. Por ejemplo, “el cambio cultural”; estamos todos de acuerdo que convendría que en nuestra tierra se desarrollara una clase capitalista comprometida con la producción, con el desarrollo del mercado interno, con el desarrollo económico del país. Existen voces que suelen exigir esta renovación en la idiosincrasia de nuestros capitalistas, pero que al hacerlo parecen creer que esto sucederá a través de una suerte de “campaña” con la que los iríamos convenciendo, apelando a su patriotismo en los casos más ingenuos, o a la promesa de ganancias a mediano y largo plazo, que justificarían inversiones; como si la batalla cultural se pudiera pelear en el ámbito del razonamiento.

Hoy existe (propongo un ejemplo) un enorme sector del universo empresario del país que medra en la entrada de diversas formas de pacotilla tecnológica y la así llamada “low price”, a lo largo de decenios se fue perfeccionando una maquina -que mete mercadería y saca dinero- de una eficiencia, por lo menos, aceptable. El importador ha hecho los lazos convenientes con despachantes, abogados, fábricas en el extranjero, transportes de carga, vías de reclamo para garantías, distribuciones, formas y fórmulas para girar dinero, y márgenes de ganancia y riesgo. Analicemos las propuestas que le podríamos hacer a este “burgués” modélico. Le diremos que como argentino tiene la responsabilidad de contribuir al desarrollo de nuestra economía, le diremos que si en lugar de importar pocillos de café de China los produjera aquí estaría contribuyendo a la creación de puestos de trabajo, no solo en su fábrica, sino en todo un universo de proveedores que a su vez precisarían mano de obra.
Tras esperar pacientemente el final de las carcajadas atronadoras de nuestro hombre de negocios, le diremos que para acelerar el proceso le otorgaremos préstamos blandos e incluso que, hasta que comience a tener ganancias, podríamos subsidiar parte de los sueldos de su planta... Ya menos risueño y olfateando un negocio, este proyecto de industrial, nos comentará que para llevar a buen término esta experiencia va a hacer falta que, no solo subsidiemos sus costos, sino que transfiramos, además, capital suficiente para reemplazar las ganancias actuales. Es más, nos dirá que sería importante bajar los costos laborales, flexibilizando las relaciones y legislaciones del trabajo, para así asegurar la competitividad.
En el corto plazo, José Empresario tendrá una fabrica de tazas, financiada por el banco Nación a bajo interés, con sueldo subsidiados, con empleados precarizados, con niveles de ganancias dibujados, y con una cuenta en el exterior cada vez más gorda, que le permita asegurarse que cuando la “política industrial” cambie, tenga suficiente filo canutiado para poder volver a su negocio… -la importación- ¿Esto sucede porque el burgués es malo?
Personalmente creo que no, creo que el capitalista no tiene casi ninguna decisión respecto del capital (incluso del que figura a su nombre) ya que su supervivencia en el mercado esta constantemente amenazada, y las decisiones las toma la coyuntura (de allí aquello de vender la soga con la que habrán de ahorcarlo), las decisiones las toma Darwin mucho más claramente que nuestro burgués, las toma la supervivencia del más apto, por lo tanto es poco útil hablarle al corazón o al razonamiento de quien no puede tomar decisiones; porque si nos hace caso se muere. Otra cosa es modificar las condiciones para obligar a que el mismo Darwinismo económico determine las movidas del capital, manejar el sistema (sistema como cosa limitada y cerrada, como se usa el término en física) para que el comercio de pacotillas sea un negocio mucho menos rentable que la producción, no dar facilidades, sino dificultades, no darle mucho a los que producen (o dicen hacerlo) sino sacarle mucho a los que no lo hacen.
La industrialización no puede ser un “favor” que el capital le hace al país, sino que es el interés del país el que debe determinar la condiciones que deben ser impuestas al desarrollo del capital; como fuera dicho hace tantos años con una claridad que no intentaré superar “…poner el capital al servicio de la economía y ésta al servicio del trabajo…”
Y, en el corazón de todas estas posibilidades está –una vez más- la aduana.
Será allí donde se determine –entonces- la matriz productiva, la política de empleo, los movimientos financieros, la discriminación entre capitales especulativos y productivos, el poder adquisitivo del salario, y todos los temas que hacen al tirayafloje económico. Desde la aduana será donde contestemos a interrogantes puntuales, tales como “minería si, o minería no” y revisaremos desde allí la viabilidad económica de cada mina, pero también de cada cultivo, de cada pozo de petróleo, de cada laminadora de acero, de cada textil y de cada fábrica de santuchitos de miga aquende las fronteras.

Por estos días ha comenzado una reestructuración del sistema de licencias y permisos del comercio exterior para poder manejarlo mejor, será cada vez más difícil para el capital reproducirse por la vía parasitaria de la importación de giladas y la exportación de riquezas; quizás, con un poco de suerte, lograremos impedir el tsunami de productos que los marchitos mercados del primer mundo querrán meternos hasta por los oídos, quizás podremos producir nuestras cocinas, nuestros lavarropas, nuestros telefonitos, nuestras zapatillas, nuestras teles, nuestros desodorantes, nuestras lamparitas de colores para colgar en las peñas, nuestros propios gatitos de la suerte que muevan la manito y vaya a saber cuantas cosas más.
Para eso, mis queridos amigos, vamos a necesitar cobre, hierro, petróleo, carbón, soja, trigo carne, oro, huevos, plástico, aluminio, tierras raras, algodón, corcho (mucho corcho) vidrio (también mucho) uvas (por supuesto) madera piolines, sunchos, nafta ¿se va entendiendo? Vamos a necesitar mucho, de muchas cosas, y lo que no produzcamos lo vamos a tener que importar.

A cielo abierto o a cielo cerrado lo importante empieza a ser –entonces- bajo que cielo se producen las riquezas y -más importante aún- bajo que cielo se disfrutan.

Fernando Luis
La Peñaloza
Buenos Aires